martes, 19 de junio de 2012

Historias Corrientes, de Inés Herrero


Historias Corrientes 

Suelo frío. Cinco moscas y un gato. Rocío en los ojos, amanecer en los labios y colores en la piel. Palpa la primavera mientras se incorpora, el olor se camufla con el café de la acera de enfrente y sus pasos se dirigen, pequeños autómatas, hacia la calle principal.

La carnicería está desierta, solo son las diez. Se desnuda y se enchufa a sí mismo con la manguera. Apenas cuatro clientes en la mañana y solo dos intentos de robo en la tarde. Echa el cierre y pasea hasta el número cincuenta y ocho. El gato gris duerme en el felpudo y se cuela hasta el salón cuando abre la puerta. Su mujer se ha marchado, y el tarro con los ahorros también. No tiene tiempo para lamentarse.

Las doce en el reloj de la torre, sonoras campanadas. Luego oscuridad, oscuridad esparcida por el callejón hasta esa luz que brilla. El mundo expectante de un circo grotesco.Los vagabundos duermen, siempre hay algún pobre diablo que cae en sus zarpas. Grito, destello, saco.

Amanece. Ojos hinchados, manos sucias y cuerpo sudoroso. El calor comienza a deslizarse bajo las persianas y las ratas olisquean la nueva mercancía. El chirrido de la puerta anuncia al primer cliente de la mañana. Consigue algo de calderilla antes de que la noche le abofetee y le arroje contra su  agujero.

Observa las cartas amenazantes de su señor casero, faltan tres de los cinco muebles y el gato se ha ahogado en la bañera. Había dejado encendido el gas desde ayer, y en esos instantes una chispa pasa ante sus ojos. No tiene tiempo para lamentarse. 

martes, 5 de junio de 2012



El paso del taller juvenil por la Feria del Libro de Madrid. De izquierda a derecha: Paloma Caramelo, Sara Gancedo e Inés Herrero, firmando ejemplares de sus relatos incluidos en la Antología Futuro Imperfecto. DÍA GRANDE: 2 de Junio de 2012

martes, 28 de febrero de 2012

PARA TODA LA FAMILIA


Para toda la familia, Andrés Álamo Cienfuegos
           A mi padre le había dado desde hace poco un emperramiento. Tenía el capricho de irse a Francia a vivir de no sé qué trabajo que había allí. Había surgido durante una cena con unos amigos que venían de Francia a visitarnos. Delirios de cincuentón y del cava bueno, Pretendía llevarme consigo. Era parte de ese plan descabellado. Días insistiéndome. Mi padre reveló el proyecto a la familia, en un intento por reforzar la presión que ejercía sobre mi desde hace días.
            Estábamos en plena merienda de reyes. La familia se cernía sobre una mesa con dos roscones con nata. Hacía calor, mucho calor. El chocolate caliente se mezclaba con la calefacción y había el típico ambiente provocado por la fricción de niños sobre la alfombra.
             Al oír la noticia, todo el clan de Sanchos Panza en torno a la mesa, bramó. Todos menos yo. Sabía lo que venía ahora: mi padre decía el sueldo en voz alta.
-        Siete mil euros- dijo.
Toda la familia se fundió en un sonoro- ¡Coño!-
-        ¿Y a qué esperas para irte? Dijo mi tía Angelines
-      Pues... -  dijo mi padre-  a que el chico se decida.
              Todos se volvieron ceñudos hacia mí. Abrió la veda una mujer a la que no conocía de nada, que de hecho creo que no pertenecía a la familia. La única conclusión que había sacado de ella era que era más bien rústica. Chillaba con la voz y el timbre de los programas del corazón.
          -   ¡Una oportunidad así no se te va a volver a presentar en la vida!
          El público de aquel singular circo romano rugió a su favor. No me dio tiempo a replicar. Entro  en escena mi tío Ramón, un hombre de talle corto. Con nada más verle te imaginabas que clase de persona era. Ese tipo al que jamás se ha visto hablar de ideas, buen amigo de la cerveza que acostumbraba a demostrar el amor por sus allegados ofendiéndoles,  como buen manchego. Me miró, sonrió y dijo:
            -   Mira, chavalín, ¡a ti lo que te pasa ejque eres un cagaó! –me decía con una sonrisa en la boca- además ¿ tu sabes lo bien que se come allí?
                Como se encontraba al lado mío, me propinó un sonoro collejón y todo el mundo se rió mientras la ira me invadía. Acto seguido comenzó una hipotética historia sobre una obscena comilona en Francia. Con detalles muy gráficos. La familia reía, sin recato alguno, pues a sus ojos, cuanto más explicito era Ramón, más gracioso se volvía.
                  Miré a mi prima en busca de socorro. Pero me devolvió una mirada de impotencia. Lo peor estaba por venir. Se aproximaba, entre amplios bamboleos mi tía Remedios, una mujer de doscientos diez kilos y metro cincuenta de altura, de pelo rojo y corto. Se sentó en mi mismo taburete , rebosándolo por todos los lados. Y a mí también. Me posó una mano en la pierna y la acarició. Luego susurró voz en grito:
-     Ejcuchame: y no sabes tú bien lo que se folla allí.
El sudor me invadió. El labio inferior me temblaría de no tenerlo tan tenso. Pensé en explotar. Pero no. Eso es lo que querían que pasase. Más valía ser paciente. Callar y que pensaran que era un idiota. Más valía que no les siguiera la corriente. ¡Putas navidades! Es todo culpa suya.






jueves, 16 de febrero de 2012

¡MALDITAS NAVIDADES! De la cosecha del taller juvenil

Malditas Navidades, por Alejandro Millán
Llegamos a casa de los abuelos esperando que esta vez la visita sea distinta a todos los años. la familia mira con cara de resignación. Las mujeres discuten cómo hacer el cordero, mientras que los hombres intentan hablar de temas banales. El primo mayor ya se ha ido y los pequeños juegan con los coches. Comemos. Pilar, la tía que no se ha casado y que vive con los abuelos, para que alguien le haga caso, empieza a geritar cuando el tío Miguel se come una anchoa que ella consideraba suya. Los pequeños se niegan a comer. En la sobremesa, el tío Miguel, dueño de la multinacional, nos vuelve a llorar que la empresa va a quebrafr de un momento a otro, mientras que el abuelo repite sus aventuras de joven. la abuela anuncia lo que va a haber para comer al día siguiente. Pilar dice que llegará tarde, que la esperemos, que sale con sus amigas y no sabe cuándo volv erá. Nadie dice nada. Al día siguiente se reparten los regalos: un libro, una corbata o una pulsera de poco valor. Los pequeños se ilusiones con su Spiderman nuevo y van jugando y molestando por toda la casa. Comemos pasadas las cinco, cuando llega la tía. No se habla, pero todos la miran. Después de comer nos vamos, para volver al año siguiente, esperando que esta vez la visita sea distinta a todos los años.

MALDITAS NAVIDADES (de la cosecha del taller juvenil)

 Inés Herrero: ¡Malditas Navidades!
...Brama el tío Eusebio irrumpiendo borracho en el salón. Apenas le miran de reojo, todos conocemos de sobra las escenas navideñas del tío, y se acaba aprendiendo a aparentar indiferencia a los gritos insultantes que lanza por doquier.
   Es desagradable, lo sé, como un vómito repentino que te deja tal sabor a mierda en la boca que necesitas aire durante unos instantes. Una zarza debió de ser en otra vida, agarrando a la gente por el dobladillo de los pantalones para hacerles el camino más desagradable. Y mejor no hablar de esos andares indiferentes, como si él fuera lo único importante en la casa.
   Dos de los tres abuelos que se hallaban sentados en el sofá de cuero de la sala de estar, roncan acompasados con esporádicas ventosidades. La más pequeña de las primas corretea tras el pobre gatito pardo, que intenta esconderse en los rincones de la casa. Mientras, los mayores discutEn sobre temas, desde mi más humilde punto de vista, totalmente incomprensibles.
   Los anfitriones se desesperan con la torpeza altamente destructiva de la tía Petunia que, para desgracia de todos, recaE sobre la vajilla buena. Parece un conejo gordo, atrapado en un horrible mantel de colores chillones. Pero, para compensar, diré que es dulce como cualquier niño de cinco años y tierna como un cachorro. Si te acercas sientes un olor tenue a cereza, en contraposición con sus ruidosas pisadas, que crujen y crujen, como si pisara huevos, vaya. Y yo, mirando por la ventana, no puedo evitar preguntarme: ¿en esta casa también tengo que dejar regalos?

miércoles, 8 de febrero de 2012

Soneto en homenaje a Raymond Queneau: del libro cien mil millones de poemas. (Editorial Demipage)

ALMA DESESPERADA, por Marina López Gómez.

Aquí me he resignado, aquí doblo la frente.
Cuando el temblor se inicia y demanda obediencia
ni siquiera la nieve que doblega y sentencia,
ni el atroz día mudo que alarga un huso ausente.

Pues ella enfrenta al sol miradas de serpiente
que le extraigan al mar pateras y decencia.
Al muro encaramada, bella hasta en la demencia
el incendio final que da nombre a occidente.

Sin alma, a ser posible, que es lo perecedero,
la noche es un ritual detrás de la cortina,
y la lágrima perdida, dentro de un aguacero.

En el alma se estanca el rumor de la ruina,
tendré que resignarme al pan de este aguacero
en mi peor momento, en mi mayor espina.

Sonetos basados en el libro homenaje a Raymond Queneau: Cien mil millones de poemas.

MUERTE DE ENERO, por Sara Gancedo

El tarro nunca abierto de una letal esencia,
tu deseo no sale del estado latente
cuando pone en la piel su lengua de serpiente,
al muro encaramado, bella bestia es la demencia.

Cuando el temblor se inicia y demanda obediencia
la guadaña le alarga su figura esplendente,
de un saxo va saliendo su muerte suavemente,
se desquicia la música, porque no tiene herencia.

La alusión a la fiebre, con más fiebre termina,
la sangre se detiene, como fugaz bobina
y la lágrima perdida dentro de un aguacero.

Hay música de lobo en las calles de enero.
La lluvia horada en mí, me envuelve la neblina.
No recuerdo tu nombre ni te dije te quiero.